Tallin: desconocida, medieval y futbolera

Que la guerra y las ambiciones territoriales son parte de la esencia humana, es algo ya sabido. La historia de Europa es un claro reflejo de ello, que con el paso de historia vio nacer y morir a un sinfín de naciones como producto de los diferentes conflictos bélicos. Seguramente haya Estados que sean más conocidos por lo mencionado anteriormente, pero hay uno que sin mucha propaganda sirve como muestra de todos aquellos cambios: Estonia.

El país que se encuentra ubicado en el noreste de Europa limita con Rusia y Letonia, y sólo está separado de Finlandia, Suecia y Dinamarca por el mar Báltico, que justamente fue la causa trascendental por la cual Estonia fue disputada por las grandes potencias mundiales, pues en la capital de la nación, Tallin, se encontraba -y encuentra- un puerto clave para el comercio internacional.

Catedral de Alejandro Nevski. Foto: Visit Estonia.

Hablar de Estonia es como contar una historia de un cuento de hadas: nieve, frío, batallas y Edad Media, entre otras cosas. Todas esas características se potencian si se pone el foco en Tallin, que es su capital, ciudad más poblada y la más desarrollada de todo el territorio estonio. Allí se centran los movimientos políticos, económicos y culturales más importantes del país.

A pesar de que hoy está libre de conflictos y las fotos más conocidas transmiten paz, Estonia vivió tensos momentos a lo largo de su historia. Su independencia definitiva la consiguió en 1991, cuando pudo librarse de una Unión Soviética que estaba disolviéndose y a la cual perteneció desde 1939. La influencia rusa dejó una huella en la arquitectura de Tallin, que en su periferia cuenta con diseños soviéticos que difieren del casco histórico medieval.

El castillo de Toompea. Foto: Viaje a Europa del Este.

Sin embargo, la dependencia de otros Estados fue algo típico para los estonios durante mucho tiempo. Antes de la Unión Soviética, el Imperio ruso ya había invadido Estonia y, antes de eso, los alemanes, los suecos y los daneses también poseyeron el actual Estado independiente. Dinamarca dejó una fuerte impronta en Tallin, no sólo porque construyeron ahí las primeras fortificaciones, sino también en el nombre de la ciudad -que se llamó Reval hasta 1918-, pues se cree que Tallin deriva de Taani-linn, que significa “ciudad danesa”.

¿Qué hay en Tallin? Claro está que para el lector no debe ser una ciudad que se le venga a la mente fácilmente, pero no por eso cuenta con pocos atractivos. Quizá lo más llamativo de la ciudad sea su apariencia medieval, que contiene una gran cantidad de murallas e iglesias construidas en la Edad Media, como la de San Olaf o la de San Nicolás. Siguiendo en el plano religioso, también sobresale la presencia de la catedral de Alejandro Nevski, una edificación perteneciente a la iglesia ortodoxa que quedó como legado de la presencia rusa en Estonia.

Iglesia de San Olaf. Foto: Sobre Leyendas.

El casco histórico de Tallin fue declarado como Patrimonio Histórico de la Humanidad y, por ende, ofrece varios puntos de interés que son visitas obligadas como la Ciudad Vieja -donde se destaca el pasaje de Santa Catalina– y la colina de Toompea, que es la parte alta de la ciudad y cuenta con una vista panorámica de la capital estonia.

El hecho de ser la capital también le confiere a Tallin la posibilidad de mostrar la residencia presidencial, ubicada en el Palacio Kadriorg, un predio que además cuenta con un jardín con diferentes tipos de flores que también suelen atraer el interés de los turistas. Por otra parte, en Tallin se halla el parlamento estonio -en el Castillo de Toompea– y la Plaza del Ayuntamiento, en donde se centra la sede del gobierno del condado de Harju, del cual Tallin también es capital.

Pasaje de Santa Catalina, en la Ciudad Vieja. Foto: Ciudades con encanto.

La importancia de Tallin para Estonia tiene, además, otra arista. Dentro de su relevancia cultural se destaca el fútbol, un deporte que a nivel nacional encuentra la mayoría de los trofeos en la capital, algo que puede verse con un dato que asombra: todos los títulos de liga fueron conquistados por equipos capitalinos desde que Estonia se declaró como república independiente.

Dentro de todos esos equipos -de los cuales muchos ya desaparecieron-, hay dos que se destacan por ser los más laureados del país y por conformar la rivalidad más importante a nivel nacional: Flora y Levadia. El primero, de equipación verde y blanca, es el máximo ganador de ligas (12) y de Supercopas de Estonia (9); el segundo, representado por los mismos colores, es el segundo más ganador de ligas (9) y de Supercopas estonias (7), y además el máximo ganador de Copas Estonia (9).

El estadio Lilleküla, perteneciente a Flora. Foto: W3 uudised.

Flora se fundó en 1990 y, a esta altura, es considerado el equipo más importante del país. No sólo por sus logros deportivos, sino también por su aporte a la selección nacional, pues trabajó en conjunto con la Asociación Estonia de Fútbol para promover el deporte de la redonda en Estonia desde su independencia de la Unión Soviética. La importancia que le da a la formación de jugadores se ve reflejada en el hecho de que cuenta con varios clubes filiales en diferentes categorías del sistema de ligas. Por otra parte, hace de local en el estadio Lilleküla, que a su vez es utilizado para los partidos internacionales que disputa la Selección de Estonia.

Hasta 1998, Flora no tuvo una rivalidad marcada a pesar de que convivió con otros clubes en la ciudad. Pero, ese año, surgió una institución que llegó para disputarle los flashes: Levadia. El nuevo club nació por la iniciativa de una empresa siderúrgica que se llamaba de esa manera y que compró un club que ya existía y estaba emplazado en la ciudad de Maardu, sitio donde permaneció hasta 2004, cuando se establecieron de manera definitiva en Tallin para acentuar aún más el enfrentamiento con Flora.

Disputa de pelota durante el Clásico de Tallin entre Flora y Levadia. Foto: Jana Pipar.

Construcciones medievales, nieve, frío, historia y fútbol. Algunos de los componentes que posee Tallin, la capital de Estonia que, a pesar de no contar con la popularidad de las grandes metrópolis europeas, tiene un brillo que tranquilamente podría provenir de la magia del cuento de hadas del que parece haber surgido.

Imagen destacada: National Geographic.


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