De dormir en un micro a jugar el mundial

FÚTBOL FEMENINO
Selección Argentina

La realidad del fútbol femenino nacional cambió drásticamente en alrededor de dos años y no fue fortuito, fue gracias a este plantel que está en el mundial, además de otras futbolistas que militan en equipos del país y el exterior y que tomaron la decisión de frenar el abandono y obligar a los responsables, a cumplir con lo que debían cumplir.

“Arsenal”, el primer partido del repechaje se disputó en Sarandí. (Versus)

En pocos días la selección nacional mayor de fútbol femenino jugará la tercera fecha de su tercer mundial oficial y si gana clasificará a instancias de octavos de final por primera vez en su historia.
Mucho se ha hablado desde noviembre del año pasado de lo luchadoras y guerreras que son estas futbolistas, mucho se las ha comparado con sus pares masculinos, denominándolas como “la Messi”, “la Goyco”, “la Agüero”, “la Armani”, pero, por más que probablemente esta adjetivación tenga por finalidad realizar un cumplido o halago, termina por convertirse en una especie de injusticia poética porque la lucha de estas guerreras, excede cualquier batalla que pudieran haber atravesado sus pares masculinos; por lejos y por mucho. Y no es una cuestión meramente por el “género” que, por supuesto, tiene incidencias fundamentales y fundacionales en esta lucha; el punto está arraigado en que el femenino, independientemente de los avatares propios de la carrera que se elija, (en este caso específico ser futbolista profesional), carece de todo tipo de apoyo: ni las instituciones, ni el público, ni la sociedad colabora demasiado en su progreso, en su crecimiento y desarrollo. Ya no se trata de si el fútbol “es o no es para mujeres”, se trata de una mentalidad que, en su conjunto, debe cambiar.
O, al menos así era hasta que llegaron ELLAS…
Y ellas, nuestras seleccionadas, vienen dando pasos revolucionarios en este aspecto.

“Revolución”. El cambio lo llevan en los botines. (Nexodiario)

Vamos a poner un poco de contexto a la situación pasada y presente. Entre 2014 y 2017, no había equipo nacional femenino; esto no se debía a falta de jugadoras disponibles, si no a la desidia de AFA por organizar y proyectar una idea, de planificar un trabajo que generara la conformación de una selección. Sin competencia internacional, lógicamente (aunque no sé si razonablemente), FIFA sacó del ranking a Argentina (como también sucedió con Chile, por ejemplo) y la celeste y blanca desaparecía cada minuto con mayor celeridad.
José Carlos Borrello, cabecilla de aquellos equipos que habían clasificado a los mundiales de Estados Unidos 2003 y China 2007 (esta última clasificación se consiguió tras ganar la edición 2006 de Copa América), tomó la decisión de navegar aguas más espesas que el dulce de leche y armó un cuerpo técnico que pudiera retomar la mayor, además de trabajar con el sub-20, sub-17 y sub-15. Se empezó con una planificación adecuada, pero el apoyo institucional seguía brillando por su ausencia; AFA continuaba haciendo oídos sordos y ni Conmebol ni FIFA se interesaban en conocer la realidad de las diferentes federaciones sudamericanas, al menos. Con todos los entes reguladores ocupados en los horizontes relacionados con el otro “género” y el principal organismo nacional mirando hacia un costado, Borrello se mantuvo firme en su idea y no aflojó.
Tiempo después del regreso del entrenador a las aras del femenino, se dispone jugar un amistoso ante el conjunto de Uruguay, ¿y qué sucedió? Que las futbolistas no recibieron los viáticos correspondientes: 150 pesos cada una. Sí, en 2017, AFA destinaba solamente 150 pesos a cada futbolista y ni siquiera los abonaban en tiempo y forma. Lejos de abandonar la camiseta, esta generación de jugadoras decidió que era hora de revolucionar y después de dormir en el micro, pagarse su comida y jugar con las chicas uruguayas, se declararon en huelga. El reclamo era claro: tener lo que les correspondía por representar a la Selección Argentina, ni más ni menos que eso. No se trataba de mejorar contratos con sus clubes (porque no existían tales contratos), no se trataba de egos, ni de fijarse quién era más o menos fuerte; la protesta tenía raíz en que pudieran hacer su tarea con las condiciones de trabajo adecuadas. A estas chicas no les llovían sponsors, los medios no les pagaban para poder entrevistarlas ni venían a hacerlo de manera gratuita tampoco: nadie las veía, nadie las escuchaba y esto tenía que cambiar; ellas lo tenían que cambiar porque si hay algo que esta generación tuvo claro desde el principio fue que esta lucha era propia y que nadie iba a librar sus batallas: eran ellas con sus principios, sus ideales, su unión, su convicción y sus armas. ¡Y vaya que tenían armas!

“Reclamo”. Esta fue la gran llamada de atención que comenzó a visibilarse masivamente. (Infovirales)

La huelga, de a poco, fue tomando repercusión y para la época en que debía disputarse la Copa América de Chile en 2018, la selección de nuestro país ya tenía un poco más de reconocimiento de AFA, de los medios masivos (hay medios que las siguen desde siempre, pero son de menor llegada a la audiencia, desafortunadamente) y del público: la gente, más allá y a pesar de esos prejuicios con respecto a si las mujeres deben o no jugar fútbol, comenzó a acercarse a este plantel, a darse cuenta que había otra selección del balompié y que aunque en fama y fortuna, distaba enormemente de su par masculino, eran iguales en algo: vestían la camiseta celeste y blanca, esa que a todos los futboleros nos hace hinchar el pecho de orgullo. También se empezaron a dar cuenta que, a la hora de los himnos, estas chicas cantaban el mismo “ohhhh, ohhhh, ohhhh… ¡O juremos con gloria morir! …”
Definitivamente algo estaba pasando, había un puntapié por ahí escondido entre esos botines aguerridos, batalladores, pero no un puntapié de arranque de partido, sino uno de esos que cambian la historia.
Llegó, entonces, aquel 5 de abril de 2018 (el certamen empezó el 4, pero nuestras chicas arrancaron en la jornada siguiente) y Argentina volvía a la competencia internacional ni más ni menos que frente a Brasil; el gran campeón hegemónico del certamen (las “canarinhas” se quedaron con siete de las ocho ediciones coperas. Precisamente fue Argentina quien le arrebató un título en 2006). Con pocos días de preparación real de parte de las albicelestes, los equipos salieron a la cancha y a la hora de la foto oficial, las titulares junto a las suplentes, hicieron un gesto que recorrió el mundo: pusieron una de sus manos junto a una de sus orejas y el concepto era concreto y conciso: querían ser escuchadas. El partido fue derrota 3 a 1, pero eso no bajoneó a las chicas, al contrario, las puso más en guardia ya que perder contra las brasileñas era, dentro de todo, lógico por la preparación que tenían uno y otro equipo. Después llegaron tres victorias al hilo ante Bolivia, Ecuador y Venezuela, lo que llevó al equipo a entrar en el cuadrangular final donde se medirían otra vez con las “verde-amarelas”, Chile y Colombia. El cuadrangular otorgaba a campeonas y subcampeonas un pasaje directo al mundial “Francia 2019”, mientras que aquella selección que resultara tercera, tendría la posibilidad de llegar a la cita mundialista a través de un repechaje con un conjunto de la “Confederación de Norte, Centroamérica y el Caribe de Fútbol” (Concacaf). Argentina venció a las cafeteras, pero no pudo con las anfitrionas ni con Brasil, quedando en ese tercer puesto esperanzador.

En resumen, tras casi tres años de desidia institucional, de dormir en micros, de pagarse su alimento, de no recibir la vestimenta e indumentaria adecuadas, de no tener chances de entrenar en el predio que correspondía, de solventarse prácticamente todos los gastos; en un período de 18 días, este plantel se le plantó al mundo del fútbol femenino y dijo: “ojo, acá estamos nosotras, ¡acá está Argentina!” y logró acceder al repechaje: el rival, el último obstáculo para llegar a Francia, sería Panamá.
La hazaña de las chicas ya era de conocimiento general y AFA tuvo que responder a la demanda del público de siempre y de ese nuevo público que comenzó a acercarse, por lo que, para el primer partido del repechaje, abrió las puertas del Estadio Julio Humberto Grondona en la ciudad de Sarandí: las quince mil localidades se agotaron en menos de dos horas y el sueño de estas pibas guerreras se iba convirtiendo en una realidad tangible: iban a jugar con las tribunas llenas. Ese jueves 8 de noviembre (porque AFA y CONMEBOL tienen una viveza suprema y las pusieron a jugar un día de semana a las siete de la tarde), contra todas las barreras que intentaron ponerles en el camino, las seleccionadas salieron al verde césped y recibieron el apoyo de quince mil almas presentes, más todos los que miraban por televisión, pero se hacían carne ahí adentro. Las chicas, entre lágrimas emocionadas, miraban a los cuatro costados reconociendo a sus amigos, familia y afectos, además de los desconocidos que las abrazaban y cantaban a viva voz que el pasaje al mundial era “nuestro”. Argentina no defraudó y goleó a Panamá 4 a 0 con goles de Mariana Larroquette, Eliana Stábile (2) y Yamila Rodríguez.
Los medios masivos, esos que hasta hacía unos meses atrás ni registraban al plantel, dando un giro de 180 grados, entendieron que ellas tenían que ser visibles, aunque más no fuera por “moda”. Y los otros medios, esos que estaban a pulmón y desde siempre, apenas podían escribir sus notas porque las lágrimas y las emociones tan profundas e intensas eran casi tan abrumadoras como el logro en sí mismo.
Mas, la goleada en casa no terminaba de firmar el objetivo: todavía quedaba la revancha y una semana más tarde, en medio de un reconocimiento y una fama que no era habitual para ellas, las argentinas fueron a tierras panameñas para cumplir el sueño, sellar el pasaporte y poner al equipo en un lugar del que no debería salir nunca más. El cotejo culminó 1 a 1 y el pasaje a Francia se transformó en una realidad: habían clasificado.
Entre abrazos, lágrimas, felicidad desbordante y euforia bien ganada, todos parecían olvidarse que un año antes las chicas durmieron en un micro para no perderse un amistoso con Uruguay, que tenían que usar la ropa que “descartaba” el masculino, que AFA no les pagaba los miserables 150 pesos que les tenía designados, que de no haber sido por la voluntad apabullante de Carlos Borrello, no habrían tenido cuerpo técnico; que estas pibas no profesionalizadas, que tienen que trabajar de “otras cosas” para sobrevivir, perdían horas de esos trabajos, perdían premios de esos trabajos, dejaban de lado la universidad, en algunos casos, y hacían sacrificios enormes para poder ir a entrenar donde consiguieran lugar porque, por supuesto, AFA no les daba los predios que debían brindarles. Todo esto y mucho, muchísimo más que esto, tanto que no sabemos a ciencia cierta, pero sabemos porque son secretos a voces, todo se conjugó para que el grito en Panamá pudiera ser escuchado a lo largo y ancho del planisferio.
Con el cupo en la cita francesa asegurado, la Asociación del Fútbol Argentino comenzó a modificar su actitud más profundamente, brindando la contención y apoyo que correspondían: a modo de preparación para el mundial, la Selección Argentina realizó giras por Estados Unidos y Costa Rica, participó en el torno “Cuatro Naciones” en Australia y tuvo su partido de despedida en la provincia de San Luis.

“Once titulares”, millones alentando: las chicas se ganaron su lugar con fútbol. (Infobae)

Por esto y otras cosas que seguramente no se mencionan aquí, no se puede definir a estas chicas como “la Gago”, “la Di María”, “la Otamendi”, porque para un futbolista de selección, para un hombre que viste la celeste y blanca, estos avatares ni siquiera pueden entrar en pesadillas, no tener predios o indumentaria es impensado: ¿tener que trabajar de cajero para sobrevivir? Nunca pasaría. Habría que ver si teniendo que luchar con tantos obstáculos alguno de los muchachos se transforma en “el Banini”, “el Correa”, “el Jaimes”, “el Cometti”, “el Barroso”, “el Bonsegundo” … Y que quede clarísimo que esto no es contra del masculino ni nada que se le parezca, ellos no son culpables de lo que a ellas les falta y son nuestra selección, por lo que el amor es el que inspira la camiseta: en eso no hay distinciones. Solamente estamos mostrando un contexto, un ambiente, una situación y una lucha: la de ellas, esas futbolistas que en el partido de despedida en San Luis, después de salir a la cancha les regalaron sus camperas a los niños que habían salido de la mano con ellas. Sí, esas camperas que tantas batallas les costó conseguir… ¿Cuántos equipos tienen semejante gesto? Son ellas, gente, las mismas que en el primer partido mundialista no “le robaron” un punto a Japón, (campeonas y subcampeonas de los últimos dos mundiales) si no que LE GANARON UN PUNTO A JAPÓN; el primer punto que consigue un seleccionado argentino en mundiales femeninos: ¡mirá si no lo van a festejar así! ¡Mirá si no van a llorar de la emoción cuando acaban de hacer historia! Esas que apenas perdieron por un gol de diferencia ante Inglaterra, tercero en el ranking FIFA y potencia europea que lleva décadas de trabajo serio y cuya federación contiene y sostiene a sus jugadoras. ¡Mirá si no nos vamos a ilusionar con la posibilidad de ganarle a Escocia! ¿Cómo no te vas a ilusionar si las 23 que están ahí (junto con aquellas que quedaron afuera de la lista final, pero son igual de importantes en esta revolución) cambiaron todo y marcaron un antes y un después en la historia del fútbol femenino? Son 23 mujeres que te ganan la guerra con el alma y el corazón porque la realidad es que no importa si pierden o no el partido, si pasan a octavos de final, ellas saben y nosotros tenemos que comprender que Argentina tiene a su fútbol femenino en transición y que podemos llegar a los primeros planos de la disciplina si, de aquí en más, se mantiene lo conseguido y se trabaja para mejorarlo, para seguir evolucionando.

El partido más importante ya lo ganaron, lo vienen ganado y por goleada desde que tomaron la decisión de no aflojar, de no abandonar, de seguir luchando por sus sueños, pero principalmente por la igualdad, por la equidad de trato, por tener las mismas chances que los hombres, por poder desarrollarse profesionalmente, por ponerse al hombro la lucha que viene desde décadas pero que no era visible; por ser la imagen de miles, millones de chicas que quieren jugar sin ser condenadas o etiquetadas, por sacudirnos los prejuicios de lo que una mujer debe o no debe hacer, ¡por tantas cosas son GIGANTES! Y es que sí, llevan en los botines revolución y como dijo Belén Potassa, delantera de este plantel histórico, “el fútbol no es nuestro, es de todos”. Pero, ¿saben qué, argentinas y argentinos? ELLAS SÍ SON NUESTRAS, todas nuestras, así que apoyemos, cantemos, gritemos, banquemos, aguantemos y celebremos con ellas sus logros; contengámoslas y cuidémoslas en sus tropiezos, seamos sus sostenes y su inspiración para el futuro y no volvamos a dejarlas solas, que nunca más se sientan desamparadas, porque en ellas están representadas todas, las del fútbol y las de la vida.
Pongámonos también esos botines y llevemos junto a ellas esta hermosa revolución.
Gracias gigantes para LAS GIGANTES.

“Duro camino”, con sueño cumplico: Argentina llegaba al mundial y era todo de ellas. (La Hora)

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Maru Burak

Acerca Maru Burak

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Nací un lluvioso lunes 12 de julio de 1982 y según mi DNI me llamo María Clarisa Burak, pero soy simplemente Maru. En 2005 dejé mi natal Provincia de Buenos Aires y me vine a Córdoba, donde resido desde entonces. Por hobbie hago música, canto e intento bailar, pero mi vocación es, fue y siempre será el periodismo. Me sumé a "El Rincón del Fútbol" en febrero de 2017 y espero mantenerme acá mucho, pero mucho tiempo: no es usual encontrarse a una manga de loquitos igual de fanáticos que yo. Aunque todos los deportes me atraen, el fútbol tiene ese no se qué, ese encanto que me aprisiona. En El Rincón cubro mayormente a la Selección Argentina Femenina y al fútbol femenino de España, con la idea de ir sumando ligas y equipos a la cobertura. También doy una mano con otros torneos donde juegan ELLOS, porque los hombres también juegan al fútbol... ¿NO? Deseo que el futuro me encuentre dedicada a mi vocación y que pueda desarrollarla con criterio y profesionalismo. Soy MESSIsta, BANINIsta, fan de Aldana Cometti, soñadora e ideologista, del deporte y de la vida. Sólo resta decir... ¡Pero qué viva el fútbol!

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