El Mundial de la libertad

Cayó una sorpresa sobre el suelo de Moscú. Muchos nos quedamos sentados en nuestra butaca buscando alguna explicación para el 1 a 1. La gran mayoría parte rauda, al grito de «dale, que el metro se va a llenar de gente». A la salida, se escuchan frases que me permiten darme una idea de qué tipo de gente ha venido hasta acá. Se escucha en el playón del Spartak Stadium: «El peor arranque de Mundial de la historia de la Selección». Es un mal arranque, realmente, pero qué poco familiarizado con el fútbol hay que estar para afirmar que sea el peor. Y qué fácil es relacionar esto con la indiferencia que demostraron los «hinchas». Una simbiosis negativa peligrosa para el futuro de la Selección en Rusia.

Sin embargo, el día anterior había arrancado la «sensación de partido» con una multitud de argentinos copando la peatonal Nikolskaya, a metros de la Plaza Roja. Los policías y los milicos caminando entre la gente, medio pidiendo permiso y derribando el mito de que la poli rusa iba a meter en cana al primero que se le cayera un papelito al piso. Todo está bien. La FIFA es eso. Todo está bien. Acá no pasa nada. Acá se festeja, la gente es feliz y todo el mundo se quiere. Un montaje que se repite Mundial tras Mundial.

La cancha del Spartak de Moscú se ve grande pero no majestuosa. Llama mucho más la atención la estatua del espartano en el playón que el estadio en sí. Desde adentro se podría decir que tiene cualidades «amalfitanezcas»: se ve bien de todos lados.

Al terminar el partido, la mayoría nos quedamos esperando el ritual de aplausos islandés, que no llegó, porque los jugadores se fueron al vestuario solamente saludando a sus hinchas que estaban en un córner. Se quedaron charlando como si ahí estuviera el almacenero, el doctor y algún amigo. En realidad por la noche un hincha islandés nos confirmó que era así nomás… estaba el doctor, estaba el amigo, estaba el almacenero… un país pequeño con gente muy simpática.

Ya de vuelta en la Plaza Roja, es sábado y se respira cierto aire de liberación, de libertinaje. Policías, hinchas y moscovitas que salieron a ver qué era esto del Mundial, todos mezclados en la peatonal, bajo un techo de luces. Un mexicano parado arriba de un banco, le grita al primer policía de gorra negra de una fila de tres «do you want to trade hats?». El trío sonríe y el primero le dice amablemente que no. Los mexicanos -que son muchísimos- festejan como siempre antes de los partidos y no saben todavía que por primera vez se les va a saciar la esperanza. En la otra cuadra, los colombianos bailan cumbia y toman aguardiente. Pasa un rato hasta que un grupo de argentinos empieza a cantar nuevos y viejos cánticos-hits. Y los rusos aprovechan y se toman todo lo que pueden en la vía pública, bien en la cara de los policías, que no hacen -y no pueden hacer- nada de lo que siempre hacen. Y el alcohol trae la confirmación del único prejuicio cierto aquí: son de trompada fácil.

Fleita

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